Trabajo



Dirigir una empresa también es cosa de mujeres

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Desde los años 80, las mujeres se han lanzado con una necesidad latente al mercado laboral, pero sólo hacia aquellos sectores en los que una sociedad eminentemente machista les ha dejado actuar.

Sin embargo, el tiempo pasa, y gracias a éste, también se modifican los roles a los que el sexo femenino nos tenía acostumbrados. Ahora, no es difícil ver a una ejecutiva dirigiendo una empresa solvente y rentable ya que la mujer empresaria ha dejado de ser un mito.

Por estas razones, ASEME, la Asociación Española de Mujeres empresarias cuyo objeto es apoyar y promover el desarrollo pleno de la mujer en su condición de empresaria, ha querido presentar recientemente un estudio que pretende analizar el perfil de la propietaria de una empresa. Se trata de un artículo que viene a evaluar la transformación de la mujer en el entorno laboral y determinar cuáles son aquellas actitudes que globalmente comparten las mujeres de negocios de nuestro país.

El objetivo principal de esta asociación es mostrar el perfil de la empresaria ya que hasta la fecha existen pocos datos sobre su actividad empresarial y sin embargo, la realidad es que el número de emprendedoras cada vez es más alto. Desde que en los años 90 se reactivó la economía española, la incorporación de la mujer al mundo del trabajo ha experimentado un crecimiento continuo. Y no sólo las mujeres contratadas sino también aquellas que optan por asumir el riesgo empresarial que supone iniciar una empresa.

Las hay para todos los gustos...

El arquetipo de la mujer que regenta una empresa ha sufrido varios cambios desde los noventa hasta la actualidad. Si antes la edad media de las féminas empresarias estaba entre los 35 a 45 años, hoy en día se ha extendido desde los 25 años hasta los 50. La razón principal es la entrada de jóvenes emprendedoras que se caracterizan por apenas tener experiencia práctica en el entorno empresarial pero que son las que poseen estudios superiores y un nivel cultural superior.

Asimismo, suelen estar solteras o casadas pero sin hijos y el sector hacia el que dirigen su mirada es el de servicios vinculándolo implícitamente a las nuevas tecnologías. Hay que añadir que a pesar de estar bien preparadas son las que más tentativas tienen de ingresar su nombre en la lista del INEM, así como una notable falta de contactos.

Atendiendo a las emprendedoras que oscilan entre los 39 y 49 años, éstas suelen tener a sus espaldas estudios medios, la mayoría de ellas proceden de trabajos por cuenta ajena, y al igual que las jóvenes se centran en el mercado de servicios pero cuentan con alguna experiencia en el sector. En el entorno familiar la mayoría están casadas o divorciadas y cuidan de uno o varios hijos.

Por último, habrá que hacer una mención a las veteranas del mundo laboral. Son aquéllas que superan los 50 años y apenas tienen estudios básicos pero cuentan a su favor con una amplia experiencia en el puesto de trabajo. En este grupo hay de todo, casadas, viudas, divorciadas pero la mayor parte de ellas tienen en común su dedicación al comercio minorista.

Mujeres con futuro

Dejando a un lado la diferenciación de las mujeres por edades, todas ellas comparten también ciertas características en común. En primer lugar y atendiendo al componente psicológico, tal y como anuncia la presidenta de ASEME, Inmaculada Álvarez, las emprendedoras que se deciden a iniciar su propio negocio asumen en sus conciencias una capacidad de riesgo, facilidad para establecer contactos y una intuición para poder adelantarse a cambios y reaccionar antes de que éstos se produzcan.

La tipología general de las empresas creadas por mujeres se basa principalmente en un negocio modesto donde no se sobrepasa de los 5 empleados. En determinadas ocasiones suelen ser proyectos menos ambiciosos que los de los hombres pero también más rentables, adaptables a las nuevas tecnologías y fáciles de gestionar. Asimismo, se trata de entidades que se consolidan a medio o largo plazo y suelen salir a flote un tercio más de las que son creadas por el sexo masculino.

Si hay que cuestionarse qué componentes positivos puede acarrear a una mujer el crear y dirigir su propia empresa, respuestas no nos van a faltar, no obstante, podemos enunciar tres razones de gran importancia. Para empezar, supone una independencia económica para la fémina ya que cuando la mujer genera sus propios ingresos deja de estar supeditada al marido o, en general, al hombre.

En segundo lugar, supone una cuestión de superación personal. Cualquier actividad creativa (y un negocio no deja de serlo), permite que la mujer crezca intelectual y emocionalmente al superar retos de manera constante. Por último, la mujer se realiza como persona al perseguir una meta tangible (se puede tocar y medir) que trae consigo grandes satisfacciones personales.

Un nuevo modelo social

La conciliación del trabajo y la vida familiar es más fácil para aquéllas que rigen sus propias empresas. Las empresarias al ser sus propias jefas pueden establecerse los horarios que más les convengan y así organizarse en las tareas diarias. Pero, a pesar de esto, no deja de ser difícil ya sea estando contratada o siendo jefa destacar en el trabajo si se tiene que llevar un hogar e hijos de forma autónoma.

El colectivo de mujeres, tal y como se muestra en la realidad, busca un nuevo planteamiento de la sociedad. No buscan el poder ni tampoco se trata de un mero cambio de roles en el seno de la familia. Se trata de concebir un nuevo modelo de vida personal y familiar que se base en una relaciones igualitarias entre hombres y mujeres y donde se premie el reparto equitativo de responsabilidades.

Para este nuevo proyecto familiar es estrictamente necesario la implicación tanto de la mujer como del hombre con el convencimiento por ambas partes de que es la forma más justa de llevar a cabo el trabajo doméstico, el cuidado de los hijos y , en definitiva, el derecho a ser felices.

Asimismo, mencionar que este cambio no sólo incluye a los integrantes de la familia sino a las empresas, sindicatos, estamentos políticos y demás, para que se aplique en nuestra realidad cotidiana una igualdad de oportunidades de trabajo y salario en ambos sexos, acceso a la formación, flexibilidad de horario etcétera. En resumen, una mayor calidad de vida para todos y por igual.



Redacción Mujer
9/10/2009

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