En épocas pasadas era general la expresión pública de dolor ante la muerte de un ser querido (en occidente suele denominársele luto). En la actualidad, hay muchas sociedades donde este comportamiento va perdiendo fuerza y la expresión del dolor se hace de forma más privada, casi dando la impresión de que nada ha sucedido y nadie ha desaparecido para no regresar.
Cuando una persona siente este tipo de dolor, se ve rodeada de gente que la alienta a que se distraiga y anime, cuando en realidad lo que desea y necesita es expresar su dolor y compartir sentimientos. Incluso aunque la pérdida halla sido de alguien extremadamente anciano del que ya se esperaba la muerte. Todas las pérdidas, por comprensibles que sean, producen dolor.
Es importante prestar especial atención a los viudos/as ancianos por sus dificultades de adaptación a la nueva situación, y a los familiares de un niño o joven fallecido, por la incomprensión y el extremo dolor que este hecho provoca.
Según los estudios, las personas que no exteriorizan su dolor y lo privatizan suelen aislarse cada vez más de la sociedad, justo lo contrario que sería deseable. También tiene más posibilidades de enfermar, buscando medicamentos para su curación cuando lo que en realidad están reclamando es poder expresarse. Por eso los ritos funerarios están tan extendidos: proporcionan una fuga emocional para toda la presión que el dolor produce.
Esto no quiere decir que debamos aceptar los ritos funerarios socialmente aceptados en nuestra comunidad. Cada uno puede crearse su "propio rito" teniendo en cuenta que de lo que se trata es de reconocer que la persona ha muerto y no volverá jamás, y que debemos dar rienda suelta a nuestro enfado, ira, dolor
expresándolos de la forma más abierta y descongestionante posible.
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