Eres la tÃpica persona que se tropieza al bajar una escalera, pierde los
guantes quince veces y mete la pata otras quince al contar el secreto
de estado que prometió guardar. Querido Sagitario, no sé si te mereces
un sartenazo, pero la verdad es que te haces querer, actúas sin malicia.
Tu
peculiar combinación de fuego e ingenio jupiterino te impide pasar
desapercibido. Irradias confianza en ti mismo y, generalmente,
desapruebas a la gente demasiado convencional. Presentas una mezcla
extraña; por un lado, no le temes a nada y caminas como si realmente
fueras a algún sitio -aunque luego te caigas por el camino-, y por otro,
dispones de un memorión excepcional para algunas cosas. No es oro todo
lo que reluce, a veces eres capaz de perder hasta la cabeza.
Resulta complicado permanecer enfadado contigo, Sagitario. Y es que eres
extrovertido y generoso, optimista y a veces ingenuo, te abrumas ante
tu propia falta de discreción y siempre estás intentando levantar los
ánimos de todos. Eso siempre que no termines diciéndole a alguien: "no
te preocupes, eres gorda y fea pero muy simpática". No hay duda, querido
Arquero, de que llevas la verdad por delante, y tu mente siempre está
ocupada en el arduo trabajo de discernirla. De hecho, muchas veces nos
sorprendes con grandes ideas que has estado rumiando, porque nunca
descansas.
Por cierto Arquero, puestos a ser sinceros, tengo que
decirte que lo tuyo no son los chistes, seguro que te cargas la mitad de
ellos antes de empezarlos siquiera. No te preocupes, esto también les
hará reÃr. Por otro lado, frente a tu cálido carácter, hay que recordar
que por algo te llaman el Arquero. Quiero decir que alguna de tus
flechas saldrá seguro de la carcasa. Por ejemplo, si alguien intenta
abusar de ti o se toma demasiada confianza contigo, se revelará tu vena
temperamental, y puedes tener muy mal genio. Aplácate Sagitario, esto
puede darte problemas con tu pareja. Aunque en este sentido, los
jupiterinos como tú no os dejáis atrapar fácilmente, mostráis cierta
tendencia a saliros por la tangente. Quizá sea ese idealismo inherente
el que os impida plantar los pies en la tierra.